Capítulo 1
Cuando me despierto, el otro lado de la cama está frío.
Estiro los dedos buscando el calor de Peeta, pero no encuentro más que la basta
funda de lona del colchón. Seguro que Charlie ha tenido pesadillas y Peeta tuvo
que ir con él. Me levanto con un breve impulso, y coloco mis pies en las
delicadas y calientes pantuflas que aguardan a un lado de la cama. Cuando logro
pararme y abrir los ojos del todo, salgo de nuestra habitación, la mía y la de
Peeta. Voy al cuarto de Charlie, para asegurarme de que se ha recuperado de una
supuesta pesadilla, y me lo encuentro durmiendo. Me acerco a él, me inclino, y
le doy un beso en su mejilla con toda mi delicadeza para no despertarlo. Antes
de ir a la cocina, me quedo unos minutos contemplando la habitación: las
paredes de madera oscura, barnizadas por Peeta, la alfombra que le da vida a la
habitación con variados colores, los juguetes de Charlie y algunos de Wendy, mi
hija de doce años.
Cuando paso la puerta hacia la cocina, no
tardo ni un segundo en escuchar la voz de Wendy diciendo: Papá, ya llego mamá,
justo para desayunar con nosotros. La miro y, como todas las mañanas, observo
sus hermosos ojos claros que deslumbran en su pelo oscuro. Me acerco a ella y
le doy un beso mientras que me siento en la silla que se encuentra al lado de
la suya. Cuando Peeta termina de preparar el desayuno, se acerca y se coloca
detrás de mí. Pasa sus fuertes brazos por mis costados y coloca un plato de comida.
Sé que colocó el plato de esa forma, solo para terminar abrazándome. Levanto la
cabeza y le doy un tímido beso. Wendy nos mira con una sonrisa grabada en su
rostro. Lo único que hace que Peeta se sobresalte, es el grito de Charlie, que
bajó corriendo por las escaleras.
-Buen día,
señoritas.- Dice, mientras que hace una torpe reverencia.
-Muchas
gracias, caballero- Le digo, perpleja.
Peeta larga
una carcajada y aplaude. –Ayer le dije que las salude así, para que, poco a
poco, sea todo un caballero.-

